Historia de pastores

Recorrido del III Cross de los Pastores

Para este año, la Organización ha variado el recorrido. Saldrás de la plaza del pueblo por la calle de la iglesia, una cuesta bastante pronunciada que te llevará hasta el camino de El Tejadizo, una pista en buen estado por la que también regresarás. Correrás hasta el desvío de Los Reventones, cruzarás la garganta, este año tristemente seca y comenzarás la ascensión hasta Lo Llano de la Sierra por un camino ahora desierto, pero por el que hubiera sido imposible transitar hace sólo unos años, cuando varios cientos de caballerías bajaban cargadas del centeno que producían en abundancia las tierras que pisarás en un rato.

Salida desde la plaza del pueblo

A tu izquierda, si la fatiga te lo permite, verás el pueblo, cuya iglesia se dibuja entre los robles que se irán quedando abajo a medida que la altura vaya cambiando la vegetación. Pasarás la fuente de El Barajón y llegarás a una vereda serpenteante que deja a tu izquierda el llamado prado de Cofrades, hoy de propiedad particular, y a tu derecha, el cancho que los lugareños llaman de la Peñavita, aunque el topónimo debería ser de la Peña Hita. Se trata de un canchal que se yergue enhiesto sobre el azul del cielo y que, si no estuvieras en plena carrera, te permitiría admirar el valle y, sobre todo el pueblo, ahora acunado en el fondo del barranco.

El cancho de Peñavita se yergue enhiesto sobre el azul del cielo y que, si no estuvieras en plena carrera, te permitiría admirar el valle y, sobre todo el pueblo, ahora acunado en el fondo del barranco.

Girarás a la izquierda y enfilarás un falso llano que te llevará por la poza de El Vallejo y los prados del Escardongil, bello topónimo que nos indica que por aquí anduvo algún Gil, hacía el prado de Las Ánimas, de titularidad municipal y antiguo proveedor del heno que consumían en el invierno los toros del municipio. En este prado mana parte del agua que bebemos en el pueblo, en esa fuente que no puedes ver porque no llevas tiempo; una fuente a cuya vera se han abierto miles de morrales y que ha sido testigo de millares de conversaciones. Si tuvieras tiempo, quizá te gustara conocer la leyenda que explica el nombre del prado

El prado de Las Ánimas es de titularidad municipal y antiguo proveedor del heno que consumían en el invierno los toros del municipio. En este prado mana parte del agua que bebemos en el pueblo.

Corres ahora por una pista llana abierta en lo que fueron tierras centeneras no hace muchos años, hoy tristemente pasto de los calabones, que de manera inexorable, van adueñándose de una tierra que antes estuvo limpia y que alimentó los ganados de casi todas las casas del pueblo.

Cuando llegues a las escobas —ya sabes, esas plantas verdes que marcan la linde con las tierras de labor— cogerás la pista que lleva hacia El Frontón. Vas a correr ahora por un abrupto cortafuego que protege el pinar que vas dejando a tu izquierda. En el alto, a tu derecha podrás ver otra vez el pueblo, que ahora te parecerá de juguete, como si formará parte de algún imaginario belén. Apenas vislumbrarás las llamadas Campanas de El Frontón, otro canchal del que decían los abuelos que sonaba igual que una campana cuando lo golpeabas con otra piedra y que costó más de algún accidente a los que se aventuraron a comprobar si la pareja de cuervos que anidaban siempre entre las grietas había puesto ya algún huevo.

Apenas vislumbrarás las llamadas Campanas de El Frontón, otro canchal del que decían los abuelos que sonaba igual que una campana cuando lo golpeabas con otra piedra.

A tu izquierda, en lo alto de la sierra y ahora tapado por los pinos, El Mojón de Pepe Lindo. En el primer desvío, girarás hacia la izquierda y comenzarás una dura ascensión por el cortafuego que se abre de arriba abajo en la montaña, como una cicatriz. En este tramo casi vertical, te recomiendo sosiego porque el suelo está lleno de cantos movedizos y la ascensión, quizá la más dura de la carrera, pedirá a tu corazón un esfuerzo suplementario hasta llegar a la pista que sube de El Pasil. Entonces podrás recuperarte, porque el camino desciende un buen trecho hasta que gires a la derecha.


 

Corres ahora por la linde del término municipal del pueblo. Si el esfuerzo te lo permite, levanta la vista y mira a tu izquierda: abajo, arropado por un bosque de robles y nogales, se acurruca La Avellaneda, bellísimo pueblo hermano del que seguramente habrá algún representante en la carrera, y, más abajo, la nacional 110, antigua cañada real segoviana por la que tantos pastores de estos pueblos trashumaron con su rebaños a Extremadura para la campaña invernal. Y más allá, la Castilla plana y seca. Dicen que en los días claros se puede ver la ciudad de Salamanca. Corres por Los Colgadizos, topónimo certero, como todos los del pueblo, por tierras que abrigan leyendas de lobos y pastores, de niños perdidos, encuentros afortunados y finales felices. Si pudiéramos retrotraernos algunos años, en tardes como esta, hubieras corrido arrullado por las esquilas de las cabras y por el canto melodioso de alguna joven pastora que se afana plácidamente en la costura mientras vigila el rebaño, sentada plácidamente en el cancho que dejas a tu izquierda y que marca el límite entre los dos pueblos.


Ya dentro de la dehesa, podrás recuperarte un poco en el tramo llano que cruza la cañada por La Fuente de El Arrecío antes de empezar la subida al cerro donde se encuentra el centro geodésico marcado con un pilote blanco. Alcanzas ahora la máxima altura del recorrido, alrededor de los 2.000 metros.

A partir de aquí el camino se suaviza y comienza una suave pendiente que te llevará por Los Cervunales hasta el baldío de Navasequilla después de cruzar la pared lindera que separa las dos fincas.

Corres ahora por tierras que pertenecen al proindiviso de los dos pueblos, quizá el ejemplo más representativo del buen hacer de sus habitantes. Ambas fincas están atravesadas por caminos que llevaron a los pastores trashumantes hasta La Herguijuela, donde pasaban los veranos semana sí, semana no, y que, con ese principio de economía lingüística que usan los campesinos, llamaban, sencillamente “estar de semana”, algo que todos entendíamos. Estos caminos —Lo llano de El Ruyo, El Mojón de Mingo Peña, Los Espinillos— ahora silenciosos e intransitados, fueron no hace muchos años vías de comunicación que llevaban a pastores y ganados a los fértiles pastos veraniegos de las tierras altas. Caminos por los que transitaron pastores y zagales muchas veces, siempre con el reclamo del pueblo, de la mujer que quedaba en casa, de la novia amada o de la fiesta de Santiago o de Santa Ana.

Ambas fincas están atravesadas por caminos que llevaron a los pastores trashumantes hasta La Herguijuela, donde pasaban los veranos semana sí, semana no, y que, con ese principio de economía lingüística que usan los campesinos, llamaban, sencillamente “estar de semana”, algo que todos entendíamos.


Llegada a Navasequilla

Llegada a Navasequilla

Cuando llegues al camino que une Ortigosa con Navasequilla, girarás a la derecha para entrar en este pueblo por El Pontón hasta alcanzar un camino angosto que te llevará entre robles frondosos y casas de piedra, fieles representantes de la arquitectura serrana, hasta la plaza. Es una pena que no puedas detenerte, beber de las cristalinas aguas de su pilón centenario y mirar al sur. Tendrías la oportunidad de ver El Circo de Gredos, que se recorta imponente debajo del intenso azul del cielo serrano. Quizá sea este, junto con el de La Herguijuela, uno de los miradores favoritos del que esto escribe.

 

Es una pena que no puedas detenerte, beber de las cristalinas aguas de su pilón centenario y mirar al sur. Tendrías la oportunidad de ver El Circo de Gredos, que se recorta imponente debajo del intenso azul del cielo serrano.


Llegada a Horcajo

Llegada a Horcajo

Pasarás el bar, dejarás el cementerio a tu izquierda y comenzarás la bajada definitiva por una senda, más trocha que vía, que te llevará hasta el camino del Umbriazo; girarás a la izquierda y sin dejar dicho camino, siempre bajando, entrarás en el pueblo y llegarás a la plaza donde te espera la gente agradecida. Entrarás entre aplausos, independientemente del puesto que hayas logrado, porque los que te esperan saben el esfuerzo que has hecho, pero, sobre todo, quieren agradecerte que hayas venido.

Por eso te aplauden y te quieren. ¡Gracias por venir a esta tierra!

Por Rufino Hernando Madera